La tía Conchita llamaba a casa siempre que hacía falta.
¡Cuñada!: empieza el verano y el niño sin vacaciones, me lo llevo.
Tres meses de vacaciones a la casa de Torremolinos. Viaje en avión. Y de vuelta al cole con la camiseta de Tiffany´s.
El tío prefería acercarse poco a poco al olor de Andalucía dejando atrás la monotonía de La Mancha en el coche cama de Wagons Lits.
El primo Ramoncito en su Gordini, pasando Despeñaperros cuando Despeñaperros era Despeñaperros tomando su bocadillo en el chiringuito que había en todo lo alto del puerto.
El primo, aunque murió ya mayorcito, seguía siendo Ramoncito. Estaba Conchitina, su nunca novia.
Estaban Pepe y María. María guisando con la cara siempre alegre, que me gustaba besar para sentir ese sudor limpio que sólo ella tenía, al pasar por la cocina a despistarle algún pescado de los que acababa de freír.
Estaban los espetos que preparaba por la noche Pepe a la puerta de la casa, o sea en la playa (aún no existía el paseo marítimo), para el mismo regimiento de hambrientos al que María había dado de comer.
Estaba Frasquita, que era la hermana de Pepe, que no hacía nada pero estaba allí.
Estaba el hijo de Pepe y María, Manolito, con el que yo jugaba en la fuente cordobesa con los barquitos que hacíamos de trozos de caña. A ratos matábamos las avispas que venían al agua fresca que soltaban las ranas de porcelana de la fuente.
También pescábamos con aperos que nosotros mismos fabricábamos y a los que poníamos de cebo lo primero que encontrábamos; nunca me expliqué cómo conseguimos pescar algo con una simple miga de pan.
Manolo me enseñó a llamar al mar la mar, y yo ya me creía un viejo lobo de ella.
Estaban los Marconi. Los Marconi no eran los Marconi, eran los Gómez; pero Jesús Gómez era ejecutivo de Marconi y siempre se les llamó los Marconi. Los Marconi tenían un hijo que también se llamaba Jesús Gómez y al que se le llamaba Sunito; Sunito Marconi.
Estaban los de Úbeda, de dinero antiguo que llegaban en su anticuado Mercedes conducido por su aún más anticuado chofer. Los de Úbeda comían, merendaban y cenaban los espetos mientras la de Úbeda contaba con mucha gracia sus batallitas con las criadas. Nunca supe cómo se llamaban los de Úbeda.
Estaban Mari Carmen y Doña Lola. Mari Carmen la ciega más lista que he conocido, pues siempre se colocaba al lado de la fuente de chanquetes. Nunca vi que dejara uno solo en el plato.
-Doña Lola ¡cuénteme lo de su marido!- No sé cuántas veces tuvo que contarme la vez que intentaron pasar por la aduana de Algeciras unos cuantos paquetes de tabaco que sacados de su envoltorio colocaron sueltos en el interior de los sombreros de los caballeros, que se quitaron para saludar muy finamente al carabinero una vez terminados los registros; terminó así su intento de contrabando.
Estaban los Mena. Juan Mena siempre llegaba terminado el baño, supongo que porque no le gustaba bañarse. Encarna siempre con sus cremas bronceadoras, no sé para qué, pues estaba más negra que un tizón.
Estaba un matrimonio que no sé quiénes eran. Sólo recuerdo que el marido tampoco se bañaba y pasaba horas leyendo novelas del oeste bajo el calor asfixiante de la sombrilla; con lo bien que se leen las novelas del oeste en los chiringuitos de las playas.
Estaba Emilito Mena, que cuando no cogía la sarna, no se sabe dónde; se había dado una hostia con la moto. Y llegó Luchi a parar.
Estaba Encarnita Mena, mi compadre; estaban nuestros castos paseos (qué pena, por lo de castos) nocturnos por la playa.
Estaba la cajita donde guardaba mi dinero, en la que en vez de menguar los fondos, crecían, pues la tía se encargaba de meter en ella más dinero del que yo había gastado.
Estaba la palmera bajo la que el tío tomaba sus pastillas entre lonchas de salchichón y tragos del vino fresco del porrón.
Estaban las horas en que los mayores dormían la siesta que nosotros aprovechábamos para sentir la calor atravesando los cercanos cañaverales o para subir con la bici por la Loma de los Riscos.
Estaban las divertidas noches del Tívoli para nosotros, mientras los mayores quedaban a la puerta de la casa, abanicándose y suspirando las señoras y charlando y fumando los señores.
Estaba el saludo cariñoso de la tía a Norberto, siempre uniformado hasta los dientes el pobre.
Estaban las gambas del Boquerón de Plata y los riquísimos croissants que la tía me hacía subir de la Pastelería Bagatelle.
Estaban los pintores bohemios de los bajos de La Nogalera. ¿Alguno se haría famoso?
Estaba la Calle del Hambre, nadie la llamaba de San Miguel; sería por los extranjeros (aún no se les llamaba guiris) que devoraban inmensas paellas a las tantas de la noche.
Estaba la garrafa de Quitapenas que traía para mi padre a la vuelta a Madrid.
María se fue pronto, con su sopa de jureles y su ajoblanco. Pepe ya dejó de visitar su tumba todos los sábados del año; tampoco podrá quemar ya los avisperos de entre las tejas, pisando descalzo los insectos medio quemados que iban cayendo. Manolito ahora es un señor banquero.
Ni los Marconi, ni los de Úbeda están ya; ni Mari Carmen ni Doña Lola.
Juan tampoco está y Encarna a veces queriéndose ir con él.
Está Emilito, que ahora es Emilio. Está Luchi, ¡y cómo está Luchi! Está el salero malagueño de Encarnita, que ha sabido convertir en andaluz al catalán de José María.
La tía Conchita, está en su pequeño mundo. Un mundo en el que no sabe que el primo ya no está; como ya no están para el primo ni Marisol ni Curro Romero. Pero en algún sitio podrá oler los jazmines todas las tardes al sol puesto.
Estoy yo, y la que me acompaña, camino de Andalucía.
doctor mostacilla